Musa Cafeína

Colectivo artístico-cultural que organizamos actividades relacionadas con el fomento de la lectura, la difusión del arte y la mezcla de diversas disciplinas artísticas.

Mujeres solas, Ana Lamela

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Foto, Eduardo Yagüe

No hace falta ser preciosa ni tener un tipo envidiable para coleccionar episodios desagradables cuando haces lo que hace cualquier persona: tomar un café, hacer la compra, ir al podólogo, ir a una reunión…

Una mujer sola siempre es “digna” de ser piropeada, mirada, tocada, acosada y en casos todavía más graves, violada.

¿Cuántas mujeres, de cualquier edad, podemos decir que ningún hombre nos hizo sentir incómodas en la cola del supermercado, en un parque o en nuestro trabajo? ¿Cuántas podemos decir que no nos metieron mano sin que lo hubiésemos permitido, que no nos intentaron o consiguieron violar? Creo que, desgraciadamente, muy pocas.

Recuerdo que después de morir mi padre, hace unos trece años más o menos, mi madre nos contaba que cuando iba a la compra o a por el pan siempre se encontraba con un “amigo” que le preguntaba muy “cariñoso” cómo estaba y esas cosas. Él también le hablaba de su vida: su mujer estaba enferma y casi no salía. El caso es que lo que empezó “bien”, se convirtió en un acoso que hacía que mi madre tuviese miedo a salir a la calle porque a veces la esperaba en el portal. Por supuesto, hablamos con el tal señor, pero a las hijas no nos hizo mucho caso. Tuvo que ser mi hermano, el hombre de la casa, quien zanjara el asunto llamando al timbre de su casa y amenazándolo.

En mi colección propia de episodios desagradables o lo que ahora llamamos micromachismos o violencia contra las mujeres (porque no son tan micro), hay intentos de violación, hombres que me metieron mano en el ascensor, en el Alsa, en un concierto… y, últimamente, la desgracia de tener que sacarme de encima a hombres que creen, que por estar sola, necesito algo que ellos me pueden dar.

Y es que, os confieso que me apetece salir sola por las noches, me gusta tomar una copa o dos y a veces, bailo. ¿Es difícil entender que simplemente quiero divertirme? ¿Tengo o tenemos siempre que explicar que estar sola no significa buscar, ligar o más directamente, tener ganas de follar? No siempre me apetece follar, ni siquiera coquetear. Yo elijo cuándo y con quién. Y decido en directo si esa noche me apetece volver sola a casa o no.

Pero lo peor es que no solo por las noches hay hombres que creen que pueden entrarte así como si fueras una cosa, un algo público del que pueden hacer uso: si te sientas a tomar un café, sola, y encima fumas un cigarro (lo he comprobado), no sé, parece que se enciendan todas las luces verdes de “tengo derecho a decirle a esta mujer lo que me apetezca” y, la verdad es que, hay días en que me veo obligada a tomar el café rápido y marchar cabreada. Porque ese rato que yo quería de descanso y de disfrute personal, se convierte de repente en incómodo, me lo ensucian, diría yo.

Reflexiono, echo la vista atrás y veo que estas situaciones nunca me ocurrieron con mujeres, solo con hombres. Nunca las mujeres me acosaron sexualmente, me molestaron, me tocaron. Sí que hubo mujeres que me dijeron que les gustaba, pero igual que cuando me lo dijeron algunos hombres, no fue humillante, no tuve esa sensación de que pensaran que tenían derecho a lo que fuese, solo porque ellas lo deseaban. Y no me molestó.

Sé que hay miles de razones sociales, educacionales e históricas que llevan a muchos hombres a comportarse así, pero, lo siento, eso es problema de ellos, no mío. Además las mujeres llevamos pidiendo, repitiendo, gritando y luchando por nuestra libertad e igualdad también durante mucho tiempo. Ya va siendo hora de que esos hombres se enteren. Ya va siendo hora de que se nos respete, se nos escuche, se tengan en cuenta nuestros deseos.

Ya va siendo hora de que esos hombres y la sociedad entera aprendan a aceptar un NO de una mujer.

Nota:

He tratado de alejarme de palabras que sonaran políticamente correctas, de expresiones por las que me pudieran llamar feminazi y cosas por el estilo. De verdad que lo intentado y que fue premeditado.

He contado mis experiencias y las de mi familia porque me pareció más correcto, aunque podría contar las de miles de amigas a las que les pasa lo mismo o similar.

He tratado de denunciar estas situaciones, esta desigualdad obligatoria e impuesta con la que tenemos que convivir diariamente las mujeres ahora mismo, en el siglo XXI, porque creo que la pasamos por alto de tan “normal y cotidiana”.

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Esta entrada fue publicada el junio 18, 2015 por en Uncategorized.
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