Musa Cafeína

Colectivo artístico-cultural que organizamos actividades relacionadas con el fomento de la lectura, la difusión del arte y la mezcla de diversas disciplinas artísticas.

Viernes, 23 de Marzo, taller de Escritura Creativa Musa Cafeína en el Café Central

marzo CCentral“José Arcadio, el mayor de los niños, había cumplido catorce años. Tenía la
cabeza cuadrada, el pelo hirsuto y el carácter voluntarioso de su padre. Aunque
llevaba el mismo impulso de crecimiento y fortaleza física, ya desde entonces
era evidente que carecía de imaginación. Fue concebido y dado a luz durante la
penosa travesía de la sierra, antes de la fundación de Macondo, y sus padres
dieron gracias al cielo al comprobar que no tenía ningún órgano de animal.
Aureliano, el primer ser humano que nació en Macondo, iba a cumplir seis años en
marzo. Era silencioso y retraído. Había llorado en el vientre de su madre y
nació con los ojos abiertos. Mientras le cortaban el ombligo movía la cabeza de
un lado a otro reconociendo las cosas del cuarto, y examinaba el rostro de la
gente con una curiosidad sin asombro. Luego, indiferente a quienes se acercaban
a conocerlo, mantuvo la atención concentrada en el techo de palma, que parecía a
punto de derrumbarse bajo la tremenda presión de la lluvia. Úrsula no volvió a
acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un día en que el pequeño
Aureliano, a la edad de tres años, entró a la cocina en el momento en que ella
retiraba del fogón y ponía en la mesa una olla de caldo hirviendo. El niño,
perplejo en la puerta, dijo: “Se va a caer. La olla estaba bien puesta en el
centro de la mesa, pero tan pronto como el niño hizo el anuncio, inició un
movimiento irrevocable hacia el borde, como impulsada por un dinamismo interior,
y se despedazó en el suelo. Úrsula, alarmada, le contó el episodio a su marido,
pero éste lo interpretó como un fenómeno natural. Así fue siempre, ajeno a la
existencia de sus hijos, en parte porque consideraba la infancia como un período
de insuficiencia mental, y en parte porque siempre estaba demasiado absorto en
sus propias especulaciones quiméricas.
Pero desde la tarde en que
llamó a los niños para que lo ayudaran a desempacar las cosas del laboratorio,
les dedicó sus horas mejores. En el cuartito apartado, cuyas paredes se fueron
llenando poco a poco de mapas inverosímiles y gráficos fabulosos, les enseñó a
leer y escribir y a sacar cuentas, y les habló de las maravillas del mundo no
sólo hasta donde le alcanzaban sus conocimientos, sino forzando a extremos
increíbles los límites de su imaginación. Fue así como los niños terminaron por
aprender que en el extremo meridional del África había hombres tan inteligentes
y pacíficos que su único entretenimiento era sentarse a pensar, y que era
posible atravesar a pie el mar Egeo saltando de isla en isla hasta el puerto de
Salónica.”

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

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Esta entrada fue publicada el marzo 19, 2013 por en Adultos, Otros escritores, Portada, Talleres.
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