Musa Cafeína

Colectivo artístico-cultural que organizamos actividades relacionadas con el fomento de la lectura, la difusión del arte y la mezcla de diversas disciplinas artísticas.

Marisa, Eva González Martínez

ImagenDurante este último año que parece un lustro o una vida entera, me he dedicado a velar por el bienestar de mi pobre Marisa. Con 79 años me morí de un cáncer fulminante el año pasado. Y cada día me muero un poco más, pero de la pena.

Ella lo está pasando mal, muy mal. Tiene una tristeza profunda adherida a la boca de su estómago y apenas come. Porque la comida le recuerda a mí. Siempre disfruté y celebré cada bocado elaborado con sus huesudas manos, con tanto amor. Nos quisimos tanto…Marisa, mon amour.

Marisa se quiere morir, y yo, aunque lo que más deseo es tenerla entre mis brazos de nuevo, me resisto a esa estúpida idea. Porque está arrugada, pero es joven, y tiene proyectos aún. Teníamos, más bien, porque eran proyectos compartidos. Y ahora se siente sin energía para abordarlos, le falto yo. Así que, de la rabia que quedó tras la incineración de mi cuerpo podrido, de la sensación de injusticia por una muerte perra, es de donde saco las fuerzas para comunicarme con ella.

Escéptico reconocido, yo nunca imaginé poder enviar señales desde el infierno o donde carajo esté. Pero un día descubrí por casualidad que Marisa se percataba de mi presencia porque sus palabras contestaban a mis mensajes. Me hablaba con recelo, a veces pensándose loca, y otras, intentando convencerse a sí misma de que todo estaba dentro del proceso normal de duelo.

Desde entonces, me empeño cada día en darle el valor necesario para que se vaya a París, a vivir con nuestra hija Elena. Porque en Gijón solo queda dolor y se está consumiendo lentamente.

Hoy estoy contento porque a base de múltiples y fallidos intentos, he logrado un pequeño-gran triunfo: mover un joyero. Porque no me nutro, ni respiro, ni tengo cuerpo ni volumen. No soy más que rabia. No soy más que las ganas de que mi Marisa viva un poco más, un poco más feliz.

Hoy he movido el joyero con mis protopartículas y mi rabia. Y cuál fue mi sorpresa cuando Marisa descubrió lo que yo pretendía, que viese ese collar que nunca se puso, ese collar que habíamos comprado en el barrio latino en París. Cuando éramos jóvenes y nos acabábamos de casar. Cuando hacíamos el amor de manera compulsiva. Cuando jugábamos a ser quienes no éramos, lejos de la miseria franquista. De entonces, recuerdo que nuestros pies casi ni rozaban los adoquines de pura felicidad.

Solo necesito un poco más de tiempo. Sé que ese collar le dará el empujón último para mudarse a París. Lo sé. Solo necesito un poco más de tiempo. Y mucha práctica.

(Desayuno literario enToma3 Gijón,

26 de enero de 2013)

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Esta entrada fue publicada en febrero 7, 2013 por en Adultos, Portada, Talleres, Textos y etiquetada con , , , .
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